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Mamífero honorario

El término «mamífero honorario» para referirse al kiwi (Apteryx sp) se debe al zoólogo norteamericano William A. Calder. Lo acuñó en un artículo publicado en 1978. Al final de su argumentación sobre las asombrosas peculiaridades de esta ave, escribió: "Por este comportamiento y por las muchas otras razones que he citado, le otorgo a esta notable ave la categoría de mamífero honorario". Posteriormente, el conocido paleontólogo inglés Simon Conway Morris lo popularizó al rescatar el trabajo de Calder para ilustrar uno de sus conceptos favoritos: la evolución convergente. Esta idea explica el proceso biológico por el que la evolución tiende a repetir soluciones anatómicas y ecológicas similares ante presiones ambientales parecidas, aunque los organismos que las desarrollan pertenezcan a especies distintas, sin un parentesco cercano. Los kiwis (nombre de origen maorí) son pequeñas aves nocturnas y no voladoras endémicas de Nueva Zelanda. Tienen rasgos únicos en el mundo de las aves como un plumaje de textura similar al pelo de los mamíferos, unas alas diminutas y un sentido de la vista muy precario, compensado por un olfato y un oído hiperdesarrollados.

Imagen generada por IA Gemini
El estudio de Calder se centró en analizar cómo el tamaño corporal de estas aves determina sus funciones vitales, su metabolismo y su reproducción. Su investigación demostró que estos animales desafían las leyes biofísicas aplicables al resto de las aves. Centró gran parte de su atención en el huevo del kiwi, que llega a representar hasta la quinta parte del peso corporal de la hembra. Un ave del tamaño del kiwi debería poner un huevo del tamaño del de una gallina, pero lo cierto es que es lo duplica en longitud y anchura.

Además, las hembras experimentan una demanda energética extrema antes de la puesta, análoga a la gestación placentaria de un mamífero. El periodo de incubación dura entre 70 y 80 días. Para evitar que el huevo se deshidrate durante tanto tiempo, la cáscara posee permeabilidad al vapor de agua muy reducida.

Respecto a la tasa metabólica basal del kiwi, Calder descubrió que solo es un 60% de lo esperable en cualquier otra ave no paseriforme de su mismo peso. Mientras que la mayoría de las aves mantienen su cuerpo entre los 39 °C y 42 °C, el kiwi registra una temperatura constante de 37 °C a 38 °C, idéntica a la de muchos mamíferos terrestres. Esto le permite ahorrar una gran cantidad de energía mientras vive en sus madrigueras excavadas bajo tierra.

Al analizar la anatomía interna y hábitos del kiwi, Calder documentó adaptaciones únicas: una estructura ósea pesada ya que sus huesos no son neumatizados (como en el resto de las aves voladoras) y un cráneo cuyas proporciones y forma de la bóveda se asemejan más a los de un mamífero nocturno que a los de un ave típica. 

Imagen modificada por IA Gemini

La conclusión general de Calder es que el kiwi constituye un magnífico ejemplo de convergencia adaptativa. La selección natural ha producido, a partir de un antepasado aviano, un animal que desempeña muchas de las funciones ecológicas que en otros ecosistemas corresponden a mamíferos. Esta es la idea más sugerente del artículo: la evolución no necesita producir organismos idénticos para realizar funciones ecológicas afines. Cuando determinadas oportunidades ecológicas están disponibles, organismos pertenecientes a linajes muy diferentes pueden evolucionar hacia soluciones funcionales parecidas. Los kiwis no son aves "discapacitadas" que olvidaron cómo volar, sino organismos que han ocupado el nicho ecológico de un mamífero excavador utilizando el "manual de instrucciones" de un pájaro.

Tejón (Meles meles)

Pensemos en un mamífero que tenga estas analogías de nicho ecológico: un tejón (Meles meles). Recordemos que en Ecología, el término “nicho” no hace referencia a un espacio físico sino a la función, ocupación o "profesión" que cumple una especie en el ecosistema del que forma parte. Aunque kiwis y tejones pertenecen a grupos evolutivos completamente diferentes, presentan interesantes similitudes. Ambos son animales principalmente nocturnos que desarrollan gran parte de su actividad en el suelo, utilizan con preferencia ambientes con abundante cobertura vegetal, como bosques, matorrales y zonas de sotobosque. También muestran semejanzas en la alimentación básica, ya que ambos consumen lombrices, larvas, insectos y otros invertebrados, además de frutos y otros recursos ocasionales. Para localizar estos alimentos, ambos se sirven de su fino sentido del olfato. Los dos utilizan refugios o cavidades para descansar y protegerse, aunque el tejón construye complejas madrigueras y el kiwi utiliza cavidades naturales.

En un artículo que levantó cierta polémica entre los biólogos evolutivos, el ya citado paleontólogo Conway Morris defendió que la evolución es, en cierto modo, determinista y predecible debido a la naturaleza generalizada de la convergencia evolutiva. Revivió la vieja polémica entre azar y necesidad, que en la biología evolutiva es el equivalente filosófico a preguntar si el universo es un guion ya escrito o una improvisación constante. Esta polémica, fue popularizada por el Nobel Jacques Monod en su célebre libro “El azar y la necesidad” (1970). El principal defensor del azar en la evolución fue el gran paleontólogo Stephen Jay Gould. En su opinión, un pequeño cambio en el pasado (un asteroide que no cae, una mutación que no ocurre) altera el rumbo de la historia para siempre. Según esta tesis, si rebobinamos la cinta, los humanos no estaríamos aquí. En cambio, la postura de la necesidad, defendida por Morris, argumenta que los detalles concretos del ADN pueden cambiar, pero los "destinos" morfológicos y funcionales son fijos. Quizás no habría humanos con cinco dedos, pero sí hominoides con pulgar prensil equivalente. El autor incluso va más allá y afirma que la biología evolutiva necesita un cambio de paradigma para enfocarse en estos patrones predecibles, comparando el estado actual de la disciplina con la física antes de Einstein.

Cascada de Sutherland. Nueva Zelanda

Como dice el biogeógrafo norteamericano Jared Diamond, Nueva Zelanda es lo más parecido a otro planeta que se puede encontrar sin salir de la Tierra. Es la parte emergida de un continente sumergido casi en su totalidad bajo el océano Pacífico. Ofrece una variedad increíble de paisajes concentrados en sus dos islas principales, donde se pueden encontrar desde las altas cumbres nevadas y los glaciares hasta profundos fiordos esculpidos por el hielo. Este contraste de relieve se complementa con la intensa actividad geotermal y volcánica de la Isla Norte. Además, el territorio cuenta con lagos alpinos, playas salvajes, costas escarpadas, exuberantes bosques templados con árboles milenarios y llanuras volcánicas y desoladas, alguna de las cuales sirvió de escenario natural para representar las Tierras Negras de Mordor en las películas de El Señor de los Anillos.

Su fauna ha evolucionado de forma única debido a una combinación de aislamiento geográfico extremo y ausencia casi total de mamíferos terrestres (sólo tenían tres especies de murciélagos antes de la colonización humana). Al separarse del supercontinente Gondwana hace unos 80 millones de años, estas islas se convirtieron en un laboratorio evolutivo cerrado en el que las aves asumieron casi todos los roles disponibles en el ecosistema.



La colonización de Nueva Zelanda comenzó hace unos 800 años con la llegada de los pueblos maoríes desde la Polinesia, quienes desarrollaron una cultura única adaptada al nuevo territorio. Siglos después, en 1769 el explorador británico James Cook cartografió las islas y abrió el paso a cazadores de ballenas, misioneros y comerciantes europeos. A partir de 1841, se convirtieron oficialmente en colonia británica y en los siguientes 30 años se desataron una serie de conflictos armados entre la Corona británica y los nativos maoríes por el control de esas tierras. En 1873 los maoríes sucumbieron frente a los británicos y perdieron gran parte de sus territorios ancestrales.

Más o menos por estas fechas, los colonos europeos introdujeron el conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) en Nueva Zelanda como recurso alimenticio y cinegético. Sin depredadores naturales, la población de conejos incrementó su población de forma exponencial en apenas 40 años. Arrasaron los pastizales, destruyeron tierras agrícolas y provocaron pérdidas económicas cuantiosas en la industria ovina y la exportación de lana. Desesperados por encontrar una solución rápida, los ganaderos y el gobierno de la época decidieron traer a los enemigos naturales del conejo: los mustélidos (armiños, comadrejas y hurones). Científicos y ornitólogos locales advirtieron que estos depredadores atacarían a las aves nativas, pero las autoridades primaron los intereses económicos. Entre 1883 y 1892, se introdujeron desde Gran Bretaña unos 8.000 armiños y comadrejas.

Armiño (Mustela erminea)

Los mustélidos comenzaron a desplazarse desde las zonas agrícolas hacia bosques, matorrales, montañas y otros ambientes naturales. Allí encontraron una extraordinaria diversidad de presas autóctonas. Las aves que construían sus nidos en el suelo fueron las víctimas más vulnerables. El éxito del armiño  (Mustela erminea) no se explica solo por la ausencia de depredadores naturales. Su propia biología lo convierte en un cazador particularmente eficiente para acceder a refugios inaccesibles a otros competidores de mayor talla gracias a su extraordinaria agilidad y a su facilidad para trepar a los árboles.

En esta desigual contienda, el kiwi resultó especialmente perjudicado. Nidifica en el suelo, no vuela y carece de defensas efectivas contra este tipo de depredadores. Un adulto puede defenderse usando sus fuertes patas con garras afiladas, sin embargo, los polluelos son completamente indefensos. De hecho, los armiños son responsables de matar cerca del 60% de los polluelos nacidos en libertad. El efecto demográfico es enorme porque el kiwi tiene una tasa reproductiva muy baja. Una hembra suele poner un número muy reducido de huevos, de modo que la muerte de un pollo antes de alcanzar la madurez tiene un impacto desproporcionado sobre la población.

Armiño devorando a un kiwi joven
La historia del armiño en Nueva Zelanda es uno de los ejemplos más ilustrativos de cómo una intervención cargada de buena voluntad puede producir un efecto ecológico en cascada cuando se ignoran las características evolutivas del ecosistema receptor. Demuestra una regla fundamental de la biología de las invasiones: un depredador no puede considerarse una herramienta de control de una plaga simplemente porque cace a esa presa en su ecosistema de origen. Cuando se introduce en un ecosistema nuevo, puede cambiar sus preferencias alimentarias y encontrar presas alternativas más accesibles.

El Departamento de Conservación de Nueva Zelanda calificó la introducción de los armiños en el siglo XIX como uno de los mayores errores ecológicos en la historia del país. Actualmente, esta institución lidera una ambiciosa estrategia gubernamental, que han denominado Predator Free 2050, cuyo objetivo es erradicar por completo a todos los armiños y otros mamíferos dañinos como las comadrejas (Mustela nivalis), las ratas (Rattus rattus y R. norvegicus), los gatos asilvestrados (Felis catus) y los hurones (Mustela putorius furo).


Un caso aparte lo constituyen las zarigüeyas australianas (Trichosurus vulpecula). Son mamíferos marsupiales nativos de Australia. Introducidos en Nueva Zelanda en 1837, hoy representan una plaga destructiva en las islas, aunque en su tierra natal australiana son animales protegidos por la ley y valorados como parte fundamental de la biodiversidad de sus bosques. También van a ser erradicadas pues se consideran una especie invasora altamente dañina para la estabilidad de las poblaciones de kiwi.

El objetivo es llegar a una erradicación permanente, es decir, eliminar por completo las poblaciones y desarrollar sistemas que impidan su recolonización. Es decir, se ha llegado a la conclusión de que la única forma de solucionar aquel error pasado es otra intervención humana directa y agresiva pero en sentido contrario, en una de las iniciativas de conservación más ambiciosas de la historia.



José Antonio López Isarría