El territorialismo en las aves es uno de los fenómenos más estudiados en ecología animal. Se refiere al comportamiento mediante el cual un individuo o una pareja defiende activamente un área determinada frente a otros individuos de su misma especie para asegurar recursos esenciales como alimento, lugares de nidificación o parejas reproductoras. Aunque durante mucho tiempo se consideró como una variedad más de agresividad, hoy se entiende como una estrategia adaptativa compleja que equilibra costes y beneficios energéticos, reproductivos y ecológicos.
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| Imagen generada por IA Gemini |
Entre la variedad de señales que las aves usan para establecer y defender sus territorios, la más conocida es el canto. Cumple principalmente una función de advertencia a otros machos, indicando que el territorio está ocupado. Este comportamiento ha sido estudiado en muchas especies de paseriformes. Permite evaluar la fuerza del rival sin necesidad de recurrir a combates físicos con el consiguiente riesgo de lesiones. Cuando la señal no es suficiente, pueden producirse interacciones agresivas directas como persecuciones, ataques o luchas.
En 1963, el premio Nobel
austriaco Konrad Lorenz propuso que
la agresividad
es un instinto biológico innato esencial
para la supervivencia de las especies. Según su interpretación, durante la
evolución la agresión cumplió funciones adaptativas esenciales, entre ellas: la
defensa del territorio, la protección de la prole, la competencia por el acceso
a la pareja y el establecimiento de jerarquías sociales.
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| Konrad Lorenz en su casa de Altenberg (Alemania) |
Desde mediados del siglo pasado,
los zoólogos que estudiaban los patrones de conducta animal advirtieron una
situación no infrecuente en animales territoriales que era paradójica: dos vecinos que compiten por un territorio se
toleran más entre sí que frente a un individuo desconocido. En efecto, en
muchas especies, desde aves hasta mamíferos o peces, los individuos reaccionan con
menor agresividad hacia sus vecinos
habituales que hacia intrusos nuevos. Los vecinos parecen mantener
disputas ritualizadas en los límites del territorio, pero rara vez intentan
invadirlo de forma seria. El resultado es una relación de hostilidad controlada, una especie de
“acuerdo implícito” entre rivales territoriales.
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| Imagen generada pot IA Chat GPT |
Este comportamiento entre vecinos
fue denominado efecto “querido enemigo”
(dear enemy) por el ornitólogo británico James
Fisher en 1954. La idea básica de esta conducta encaja bien con las teorías
etológicas sobre agresividad que más tarde desarrolló Lorenz. De hecho, puede entenderse como una consecuencia ecológica y evolutiva de los mecanismos de ritualización
de la agresión y de las señales de apaciguamiento que mencionábamos
antes.
Cuando dos
individuos se encuentran repetidamente en el límite de sus territorios, aprenden a reconocer las señales del otro.
Con el tiempo, el conflicto se vuelve predecible
y estable. Cada individuo sabe dónde está el límite territorial, cómo
responde el vecino y hasta qué punto está dispuesto a defender su espacio. Desde
la perspectiva de la teoría de Lorenz,
este proceso reduce la necesidad de
agresión real porque el sistema de señales ya ha establecido una
relación de equilibrio.
Para
explicar el valor adaptativo que supone discriminar vecinos de extraños hay dos
hipótesis. La primera sugiere que los
extraños representan una mayor amenaza para los propietarios de territorio que
los vecinos, pues en su condición de errantes buscan apoderarse del espacio que no tienen. En cambio, un vecino ya posee su propio territorio; puede competir
por pareja o alimento, pero no representa una amenaza seria para la propiedad
del territorio ajeno. Al mantener altos niveles de agresión hacia los extraños
y tolerar a los vecinos cercanos, los animales pueden aprovechar los beneficios
de poseer un recurso limitado y minimizar los costos de defenderlo.
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| Imagen generada por IA ChatGPT |
Sea cual fuere el motivo que los
impulsa, el resultado de estos mecanismos es que muchas poblaciones animales
funcionan como mosaicos de territorios
relativamente estables, mantenidos por redes de relaciones entre
vecinos. En este contexto, el efecto “querido enemigo” puede verse como una consecuencia ecológica de la
ritualización de la agresión: los conflictos se transforman en sistemas
de comunicación y reconocimiento mutuo que estabilizan la estructura espacial
de la población.
Como dijimos antes, la principal
señal que usan las aves para delimitar sus territorios es el canto, aprendido
mediante una interacción entre predisposición
genética y aprendizaje social. Los jóvenes suelen mostrar una predisposición innata hacia el aprendizaje del canto de su
propia especie, incluido el dialecto local. Asimismo, las hembras también
desarrollan sus preferencias de canto durante el desarrollo al escuchar a los
machos adultos de su entorno.
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| Ruiseñor común (Lusninia megarhynchos) |
Evaluar las preferencias de las
hembras en condiciones naturales resulta difícil. Por ello, muchos estudios
utilizan la respuesta territorial de
los machos como indicador indirecto de discriminación de canto. En
general, los machos responden a un rango más amplio de estímulos que las
hembras, lo que permite inferir la capacidad de discriminación del sistema de
comunicación. Durante la temporada reproductora, los machos suelen mostrar
respuestas agresivas ante cantos que perciben como amenazas potenciales para su
territorio o su paternidad.
En numerosas especies de aves cantoras se ha demostrado que los individuos son capaces de discriminar cantos procedentes de distintas poblaciones (a modo de “dialectos”). En especies con cantos simples y estereotipados es más fácil delimitar estos dialectos mediante cambios discretos en las sílabas que componen la canción. Ejemplos clásicos de este tipo de sistemas se encuentran en especies como el gorrión corona blanca (Zonotrichia leucophrys) o diversos pinzones de Darwin, cuyos cantos están formados por pocos tipos de sílabas.
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| Gorrión corona blanca (Zonotrichia leucophrys) |
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| Papamoscas cerrojillo (Ficedula hypoleuca) |
A veces, como ocurre en el gorrión cantor (Melospiza melodia), este comportamiento de buena vecindad se "enciende" o "apaga" según el momento de la temporada. Los machos se muestran tolerantes fuera de la
época de cría. Pero cuando las hembras entran en su periodo fértil, incrementan
su agresividad con los machos vecinos ya que suponen una amenaza
potencial de cópula con su pareja. El efecto cambia de signo, de “querido enemigo
a “vecino desagradable”.
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| Gorrión cantor (Melospiza melodia) |
Sean o no acertadas las ideas de Fisher, recordemos el sabio refrán español: “más vale buen vecino que pariente ni
primo”
José Antonio López
Isarría







