28.2.26

El retorno del rey

A comienzos del siglo XX, la expansión de la ganadería ovina en la Patagonia argentina provocó una intensa persecución de los pumas (Puma concolor), considerados una amenaza para las ovejas. La caza sistemática provocó una reducción drástica de sus poblaciones hasta su casi desaparición en amplias zonas del litoral. La ausencia de este gran depredador terrestre abrió una oportunidad ecológica para los pingüinos de Magallanes (Spheniscus magellanicus), que comenzaron a colonizar sectores continentales de la costa desde las islas cercanas. Sin pumas merodeando por tierra firme, los pingüinos encontraron condiciones óptimas para establecer colonias reproductivas estables. En 2004, la creación del Parque Nacional Monte León marcó un punto de inflexión. La protección de una extensa franja del litoral favoreció el retorno del gran felino a sus territorios ancestrales. Pero entre las presas potenciales ahora había grandes colonias de pingüinos, algo inédito en la historia moderna.

Imagen obtenida por IA Gemini

La década de 1990 fue un periodo trágico para la ganadería en la Patagonia argentina. Aunque no hubo un colapso definitivo, sí ocurrió un cambio estructural traumático impulsado por una convergencia de factores climáticos, económicos y ecológicos. El detonante más visible de esta crisis fue la erupción del volcán chileno Hudson en febrero de 1991, cuya lluvia de cenizas sepultó millones de hectáreas en gran parte de la región, provocando la muerte de millones de ovinos y dejando una huella indeleble en la meseta central.

Este desastre natural actuó sobre un sector que ya se encontraba debilitado por una crisis de rentabilidad crónica, derivada de la caída sostenida de los precios internacionales de la lana desde finales de los años 80. A este complejo escenario se sumó el problema histórico de la desertificación provocada por décadas de sobrepastoreo. Como consecuencia directa de este estrangulamiento productivo, se produjo un cambio drástico en el uso y la tenencia de la tierra, caracterizado por el abandono de establecimientos y la disminución de las cabañas ganaderas.


Desde 2004, una parte de esas frías y áridas tierras sureñas forma parte del actual Parque Nacional Monte León, un paisaje de altos acantilados, islas y pequeñas playas que se descubren con la bajamar. El mar en esta región es de aguas frías, con una importante población de peces. Allí viven colonias de cormoranes, gaviotas, y otras 20 especies de aves costeras y marinas. Hay una importante colonia de pingüinos magallánicos, la 4ª en importancia del país.

Estos pingüinos tienen el tamaño más grande entre las especies del género Spheniscus. Miden entre 60-76 centímetros de altura y pesan alrededor de 4 kg, aunque hay variación por sexos ya que los machos son ligeramente más grandes que las hembras. Habitan principalmente en las regiones templadas de Sudamérica, pero durante la época no reproductiva pueden seguir las corrientes oceánicas hacia el norte, a latitudes más tropicales. Durante la época reproductiva, nidifican en pastizales costeros que proporcionan una cobertura vegetal adecuada y cercana al mar, la despensa imprescindible para su alimentación. Las parejas pasan varios meses en tierra, donde construyen madrigueras, incuban sus huevos y crían a sus polluelos. Esta es la época en la que son  más vulnerables a los depredadores terrestres. Fuera de la época reproductora, llevan un estilo de vida pelágico y pasan casi todo el tiempo frente a la costa sur de Sudamérica. Los individuos suelen desplazarse entre 100 y 1.000 km de la costa.


Los pingüinos de Magallanes viven un promedio de 25 a 30 años en estado salvaje. Los jóvenes sufren la mayor tasa de mortalidad durante su primera migración, aunque si superan este primer viaje con éxito, su supervivencia aumenta gradualmente a medida que envejecen.

Desde su protección como parque nacional, las colonias de pingüinos allí residentes han sido censadas por investigadores locales. Un estudio reciente publicado en enero de este año ha investigado la relación entre pumas y pingüinos, y sus consecuencias para la supervivencia de esas simpáticas aves marinas.


El equipo de científicos analizó cuatro temporadas reproductivas consecutivas (2007-2010). No se limitaron a contar bajas; utilizaron modelos demográficos para proyectar el futuro de la colonia bajo distintas variables de éxito reproductivo, supervivencia juvenil y mortalidad inducida por el puma. Los hallazgos clave del estudio constataron que murieron 7.087 pingüinos adultos, un 7,6 % de la población total que se cifra en 93.000 individuos. La acción depredadora del puma se produjo en toda la colonia e incluyó eventos de “matanza superflua” (surplus killing), un comportamiento bien documentado que ocurre cuando se matan muchas más presas de las que pueden consumir. 

El término surplus killing fue introducido por el etólogo holandés Hans Kruuk en 1972 tras años de estudiar el comportamiento de las hienas manchadas en el Serengueti. Kruuk observó que en ciertas condiciones (como noches muy oscuras o cuando las presas estaban acorraladas), las hienas mataban a muchos más animales de los que realmente necesitaban para alimentarse, dejando los cadáveres prácticamente intactos.  En la naturaleza abierta, es un comportamiento poco frecuente. Se observa más en situaciones donde las presas están masificadas y sin posibilidad real de huida, algo que no suele ocurrir en ecosistemas intactos pero sí, por ejemplo, en las colonias de cría de pingüinos patagónicos.


No podemos atribuir a los animales sentimientos específicamente humanos tales como "maldad" o "ensañamiento". Estas matanzas responden más bien a un desajuste biológico provocado por una sobre-estimulación ambiental. A pesar de ser el mayor depredador terrestre de la Patagonia, las oportunidades de caza de los pumas suelen ser escasas y difíciles. Y quizá por eso, su cerebro está programado con un instinto muy fuerte: “si ves una oportunidad de ataque, aprovéchala”. Bajo estas condiciones ambientales concretas, el puma, entra en un "bucle" instintivo de ataque. Este comportamiento se ha observado en otras especies como los zorros en gallineros,  los lobos en rebaños de ovejas, las orcas con focas y los gatos domésticos con ratones.

Fragmento de un documental de la BBC sobre depredación de los pumas sobre pingüinos

Cuando el equipo de investigación aplicó modelos poblacionales a los datos, los resultados mostraron que era improbable que la depredación del puma por sí sola provocara la extinción de la colonia de pingüinos de Monte León. En cambio, los modelos señalaron otros factores mucho más influyentes, en particular el éxito reproductivo y la tasa de supervivencia de los pingüinos juveniles. La extinción se proyectó únicamente en escenarios hipotéticos que combinaban una supervivencia juvenil muy baja, de alrededor del 20%, con una reproducción muy baja, limitada a un máximo de un polluelo por pareja. En este escenario, la colonia podría desaparecer en un plazo de 100 años, independientemente de cuántos pingüinos fueran cazados por el puma. Ahora bien, en el contexto de la conservación, es una señal de alerta. Si una población de presas ya es vulnerable (por un escaso éxito reproductivo, como simuló el estudio), un evento de matanza superflua puede dar el golpe de gracia a la colonia.

Rebaño de guanacos (Lama guanicoe)
La aparición y expansión de la ganadería en la Patagonia argentina supuso una transformación ambiental profunda en un territorio caracterizado por su fragilidad ecológica. Se trata de una región de clima frío y árido o semiárido, con vientos intensos, suelos poco desarrollados y vegetación adaptada a condiciones de escasez hídrica. Estos paisajes esteparios poseen una baja resiliencia ecológica: cuando son alterados, su recuperación es lenta y, en ocasiones, incompleta. Antes de la introducción masiva de ganado europeo, la presión herbívora estaba ejercida principalmente por fauna nativa como el guanaco (Lama guanicoe) y el choique (Rhea pennata), dos de las presas más codiciadas por los pumas.

El panorama cambió de manera decisiva a partir de fines del siglo XIX, cuando el territorio fue incorporado de forma efectiva al Estado argentino y se promovió la instalación de grandes granjas dedicadas sobre todo a la ganadería ovina. La oveja introdujo una forma de pastoreo distinta a la de los herbívoros nativos. A diferencia del guanaco, que ramonea sin agotar completamente la vegetación, la oveja puede cortar el pasto muy cerca del suelo y ejercer una presión selectiva intensa sobre el tapiz vegetal. En muchas áreas las cargas ganaderas superaron la capacidad de regeneración natural de la estepa.

La expansión ganadera causó un impacto notable también sobre la fauna nativa. El guanaco fue intensamente cazado por considerarlo competidor forrajero, mientras que los pumas fueron perseguidos de manera sistemática para proteger al ganado doméstico. A ello se sumó la fragmentación del hábitat provocada por las alambradas, que alteraron rutas de desplazamiento tradicionales y modificaron la conectividad ecológica del paisaje. De este modo, no solo cambió la estructura vegetal de la estepa, sino también las redes tróficas y las relaciones entre especies.

Durante mucho tiempo se ha creído que los ecosistemas gozaban de un “equilibrio estable” (homeostasis). Según esta idea, cualquier alteración, por ejemplo, una variación en el tamaño de una población, sería compensada por mecanismos correctores que devolverían al sistema a su estado original. Este planteamiento se aplicó a dinámicas como la relación depredador-presa, el vínculo entre herbívoros y vegetación, e incluso a escalas planetarias, al considerar la interacción entre biosfera, atmósfera y clima.

Postal bucólica de una naturaleza en equilibrio. Tomado de ecologiaverde.elperiodico.com

Sin embargo, la noción de una naturaleza en equilibrio permanente ha sido ampliamente cuestionada. La investigación ecológica ha mostrado que las fluctuaciones poblacionales suelen ser irregulares y, en ocasiones, caóticas. Desde la segunda mitad del siglo XX, el paradigma del equilibrio fue perdiendo fuerza frente a enfoques como la teoría del caos y la teoría de catástrofes, que subrayan la imprevisibilidad y la discontinuidad en los sistemas complejos.

Los brotes de plagas, las oscilaciones entre depredadores y presas o el propio registro fósil, que documenta episodios de extinción masiva, ilustran bien que la biosfera dista de ser un sistema estático. El gran ecólogo británico Charles Elton lo expresó con claridad al afirmar que el llamado “equilibrio de la naturaleza” probablemente nunca ha existido: las poblaciones silvestres varían constantemente, y esas variaciones, lejos de ser armónicas, suelen ser irregulares tanto en su periodicidad como en su intensidad. Además, cada cambio en una especie repercute en muchas otras, generando una dinámica compleja y difícil de predecir.

En la década de 1980, el ecólogo estadounidense Steward Pickett propuso sustituir la idea de “equilibrio” por la del “flujo” de la naturaleza. Esta perspectiva sostiene que los ecosistemas no son entidades estáticas que progresan hacia un estado final estable y permanente, sino sistemas abiertos, dinámicos y frecuentemente perturbados.

Pickett defiende que los ecosistemas están formados por parches de diferentes tamaños y edades, cada uno en diferentes etapas de recuperación o sucesión tras una perturbación. Las perturbaciones (incendios, inundaciones, tormentas) no deben considerarse desastres anormales, sino parte del funcionamiento natural que mantiene la biodiversidad. Desde esta perspectiva, la biosfera debe entenderse como un sistema en transformación continua, donde la estabilidad no es más que una apariencia momentánea. Lo verdaderamente relevante no es la supuesta constancia, sino la resiliencia: la capacidad de los sistemas ecológicos para absorber perturbaciones, reorganizarse y adaptarse a nuevas condiciones.


Esta resiliencia no implica inmovilidad, sino precisamente lo contrario: la continuidad del sistema depende de su capacidad para cambiar. Asumir esta visión dinámica resulta esencial en el contexto actual, en el que la actividad humana está alterando los procesos naturales a una velocidad sin precedentes. El desafío no consiste en restaurar un equilibrio idealizado que nunca existió, sino en encauzar el flujo de la biosfera hacia trayectorias compatibles con la sostenibilidad y el conocimiento científico.

El retorno del rey de la estepa patagónica nos enseña cómo la reaparición de una especie autóctona en un contexto ecológico modificado ha generado dinámicas nuevas y alterado comportamientos. También, nos demuestra que la conservación contemporánea no debe tener como único objetivo recuperar una fotografía exacta del pasado, sino gestionar sistemas vivos en constante cambio, donde cada intervención, incluida la protección, puede tener consecuencias no deseadas. 

José Antonio López Isarría