A comienzos del siglo XX, la
expansión de la ganadería ovina en la Patagonia argentina provocó una intensa
persecución de los pumas (Puma concolor),
considerados una amenaza para las ovejas. La caza sistemática provocó una
reducción drástica de sus poblaciones hasta su casi desaparición en amplias
zonas del litoral. La ausencia de este gran depredador terrestre abrió una
oportunidad ecológica para los pingüinos de Magallanes (Spheniscus magellanicus), que comenzaron a colonizar sectores
continentales de la costa desde las islas cercanas. Sin pumas merodeando por tierra firme, los pingüinos
encontraron condiciones óptimas para establecer colonias reproductivas
estables. En 2004, la creación del Parque Nacional Monte León marcó un punto de
inflexión. La protección de una extensa franja del litoral favoreció el retorno
del gran felino a sus territorios ancestrales. Pero entre las presas potenciales ahora había grandes colonias de pingüinos,
algo inédito en la historia moderna.
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| Imagen obtenida por IA Gemini |
Este desastre natural actuó sobre
un sector que ya se encontraba debilitado por una crisis de rentabilidad
crónica, derivada de la caída sostenida de los precios internacionales de la
lana desde finales de los años 80. A este complejo escenario se sumó el problema
histórico de la desertificación provocada por décadas de sobrepastoreo. Como
consecuencia directa de este estrangulamiento productivo, se produjo un cambio
drástico en el uso y la tenencia de la tierra, caracterizado por el abandono de
establecimientos y la disminución de las cabañas ganaderas.
Estos pingüinos tienen el tamaño
más grande entre las especies del género Spheniscus.
Miden entre 60-76 centímetros de altura y pesan alrededor de 4 kg, aunque hay
variación por sexos ya que los machos son ligeramente más grandes que las
hembras. Habitan principalmente en las regiones templadas de Sudamérica, pero
durante la época no reproductiva pueden seguir las corrientes oceánicas hacia
el norte, a latitudes más tropicales. Durante la época reproductiva, nidifican
en pastizales costeros que proporcionan una cobertura vegetal adecuada y cercana
al mar, la despensa imprescindible para su alimentación. Las parejas pasan varios meses en tierra, donde construyen
madrigueras, incuban sus huevos y crían a sus polluelos. Esta es la época en la
que son más vulnerables a los
depredadores terrestres. Fuera de la época reproductora, llevan un estilo de
vida pelágico y pasan casi todo el tiempo frente a la costa sur de Sudamérica.
Los individuos suelen desplazarse entre 100 y 1.000 km de la costa.
Desde su protección como parque
nacional, las colonias de pingüinos allí residentes han sido censadas por
investigadores locales. Un estudio reciente publicado en enero de este año ha investigado la relación entre pumas
y pingüinos, y sus consecuencias para la supervivencia de esas simpáticas aves
marinas.
El término surplus killing fue introducido por el etólogo holandés Hans Kruuk en 1972 tras años de estudiar
el comportamiento de las hienas manchadas en el Serengueti. Kruuk observó que en ciertas
condiciones (como noches muy oscuras o cuando las presas estaban acorraladas),
las hienas mataban a muchos más animales de los que realmente necesitaban para
alimentarse, dejando los cadáveres prácticamente intactos. En la naturaleza abierta, es un comportamiento
poco frecuente. Se observa más en situaciones donde las presas están masificadas
y sin posibilidad real de huida, algo que no suele ocurrir en ecosistemas
intactos pero sí, por ejemplo, en las colonias de cría de pingüinos
patagónicos.
Cuando el equipo de investigación aplicó modelos poblacionales a los datos, los resultados mostraron que era improbable que la depredación del puma por sí sola provocara la extinción de la colonia de pingüinos de Monte León. En cambio, los modelos señalaron otros factores mucho más influyentes, en particular el éxito reproductivo y la tasa de supervivencia de los pingüinos juveniles. La extinción se proyectó únicamente en escenarios hipotéticos que combinaban una supervivencia juvenil muy baja, de alrededor del 20%, con una reproducción muy baja, limitada a un máximo de un polluelo por pareja. En este escenario, la colonia podría desaparecer en un plazo de 100 años, independientemente de cuántos pingüinos fueran cazados por el puma. Ahora bien, en el contexto de la conservación, es una señal de alerta. Si una población de presas ya es vulnerable (por un escaso éxito reproductivo, como simuló el estudio), un evento de matanza superflua puede dar el golpe de gracia a la colonia.
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| Rebaño de guanacos (Lama guanicoe) |
El panorama cambió de manera
decisiva a partir de fines del siglo XIX, cuando el territorio fue incorporado
de forma efectiva al Estado argentino y se promovió la instalación de grandes granjas
dedicadas sobre todo a la ganadería ovina. La oveja introdujo una forma de
pastoreo distinta a la de los herbívoros nativos. A diferencia del guanaco, que
ramonea sin agotar completamente la vegetación, la oveja puede cortar el pasto
muy cerca del suelo y ejercer una presión selectiva intensa sobre el tapiz
vegetal. En muchas áreas las cargas ganaderas superaron la capacidad de
regeneración natural de la estepa.
La expansión ganadera causó un
impacto notable también sobre la fauna nativa. El guanaco fue intensamente
cazado por considerarlo competidor forrajero, mientras que los pumas fueron
perseguidos de manera sistemática para proteger al ganado doméstico. A ello se
sumó la fragmentación del hábitat provocada por las alambradas, que alteraron
rutas de desplazamiento tradicionales y modificaron la conectividad ecológica
del paisaje. De este modo, no solo cambió la estructura vegetal de la estepa,
sino también las redes tróficas y las relaciones entre especies.
Durante mucho tiempo se ha creído
que los ecosistemas gozaban de un “equilibrio estable” (homeostasis). Según esta idea, cualquier alteración, por ejemplo,
una variación en el tamaño de una población, sería compensada por mecanismos correctores
que devolverían al sistema a su estado original. Este planteamiento se aplicó a
dinámicas como la relación depredador-presa, el vínculo entre herbívoros y
vegetación, e incluso a escalas planetarias, al considerar la interacción entre
biosfera, atmósfera y clima.
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| Postal bucólica de una naturaleza en equilibrio. Tomado de ecologiaverde.elperiodico.com |
Sin embargo, la noción de una naturaleza en equilibrio permanente ha sido ampliamente cuestionada. La investigación ecológica ha mostrado que las fluctuaciones poblacionales suelen ser irregulares y, en ocasiones, caóticas. Desde la segunda mitad del siglo XX, el paradigma del equilibrio fue perdiendo fuerza frente a enfoques como la teoría del caos y la teoría de catástrofes, que subrayan la imprevisibilidad y la discontinuidad en los sistemas complejos.
Los brotes de plagas, las oscilaciones entre depredadores y presas o el propio registro fósil, que documenta episodios de extinción masiva, ilustran bien que la biosfera dista de ser un sistema estático. El gran ecólogo británico Charles Elton lo expresó con claridad al afirmar que el llamado “equilibrio de la naturaleza” probablemente nunca ha existido: las poblaciones silvestres varían constantemente, y esas variaciones, lejos de ser armónicas, suelen ser irregulares tanto en su periodicidad como en su intensidad. Además, cada cambio en una especie repercute en muchas otras, generando una dinámica compleja y difícil de predecir.
En la década de 1980, el ecólogo
estadounidense Steward Pickett
propuso sustituir la idea de “equilibrio” por la del “flujo” de la naturaleza. Esta
perspectiva sostiene que los ecosistemas no son entidades estáticas que progresan
hacia un estado final estable y permanente, sino sistemas abiertos, dinámicos y
frecuentemente perturbados.
Pickett defiende que los ecosistemas están formados por parches de
diferentes tamaños y edades, cada uno en diferentes etapas de recuperación o
sucesión tras una perturbación. Las perturbaciones (incendios, inundaciones,
tormentas) no deben considerarse desastres anormales, sino parte del
funcionamiento natural que mantiene la biodiversidad. Desde esta perspectiva,
la biosfera debe entenderse como un sistema en transformación continua, donde
la estabilidad no es más que una apariencia momentánea. Lo verdaderamente
relevante no es la supuesta constancia, sino la resiliencia: la capacidad de
los sistemas ecológicos para absorber perturbaciones, reorganizarse y adaptarse
a nuevas condiciones.
José Antonio López Isarría







